Al actualizar (este el 1ro. de noviembre de 2024) varios escritos porque las fotos desaparecieron, mi tía Llilla ya había fallecido.
Cuando he confesado en otros escritos que mis padres nos enseñaron a mi hermano y a mí a amar a nuestra familia dondequiera que estuviera, mi tía Llilla no podía faltar y a ella, a Sor Anunciación, que es su nombre religioso, de una manera muy especial.
Mi segundo nombre, Lilia, lo llevo por ella quien es la mayor de cinco hermanos, ya fallecidos los otros cuatro. Tiene 89 años y es un amor, así de sencillo, un verdadero amor de persona.
Hay cosas que uno vive en la infancia que son imborrables. Como no soy dulcera a mi mamá le llamaba la atención que gustara tanto de la leche condensada y me decía: “Igualita a tu tía Llilla”. Sucedía lo mismo con el chocolate, al que mi madre no le hacía muchos honores. También me comparaba por mi forma de ser, de hablar, en fin, Llilla estaba siempre en casa. Y de las visitas que hacíamos al convento habanero, ni hablar, esos recuerdos forman parte de mí, siempre van conmigo.
Evoco aquello como una edificación grande, con un salón grande, quizá todo lo encontraba así por ser yo tan pequeñina; con una celosía a través de la cual la veíamos porque es monja de clausura y un torno en una de las esquinas. En ese torno colocaba regalos que nosotros tomábamos desde afuera.
Mi hermano echaba un silbidito para que supiera que ya estábamos allí, cosas de niños, claro, porque con la adultez saqué mis cuentas y supe que éramos esperados previo aviso.
Nosotros, mi hermano y yo, nos tomábamos del brazo y caminábamos cual suerte de modelos para ponernos en exhibición a la vista de ella y las demás hermanas. A veces nos decía: “Aléjense un poquito para verlos mejor”.
Mi padre nos contaba que cuando él y mi madre se casaron la visitaron, pasaron la Luna de Miel en La Habana, y reía al recordar que cuando lo vio le salió del alma aquello de: “¡Parece un papá!”. Él echaba sus carcajadas con esa historia porque le llevaba 20 años a mi madre. ¡Fue tan sincera!