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miércoles, 10 de diciembre de 2014

Llevo en mi alma la música cubana



La foto habla por sí sola...


Si quien lea esta entrevista ha hecho su entrada al blog en otras ocasiones sabe que quise y admiré a mi padre de una manera muy especial. Esto no es por gusto. Solo que él se encargó, al igual que mi madre, de que supiéramos acerca de nuestra familia, y no solo de esa que tenemos al lado en el día a día, sino de toda, cerca o lejos, conocida o no.
Digo esto, porque él, mi padre, se encargó de que estuviera al corriente acerca de un ser extraordinario, ese que se llama Orestes Vilató Misa, diez años mayor que yo y al que no recuerdo haber visto durante mis dos primeros años cuando él un día cambió la geografía de su vida. Ahora supe que su segundo nombre es Domingo.
El papá de este Orestes, con igual nombre, era primo hermano del mío, quien con orgullo decía: “Él es cantante de ópera” y seguidamente se preguntaba: “¿Cómo aceptaría eso de que su único hijo fuera percusionista?” ¡Ah!, también me comentó que ese estelar percusionista estuvo en Cuba en la década del ’70 por cuestiones de trabajo y seguro por eso no se dio un saltico hasta su Camagüey.
Así fueron pasando los años hasta que llegó la era del ciberespacio y un buen día, sí, porque fue un buen día encontré a Orestes en la red de redes, ese virtuoso de la percusión y ni corta ni perezosa puse manos a la obra y le escribí. Confieso que le envié un mensaje bastante protocolar, con cierta distancia y le comenté tímidamente que mi hijo estudiaba violín en la Escuela Vocacional de Arte Luis Casas Romero, de la (su) ciudad de Camagüey, y ahora revelo que luego de leer tanto de su obra artística y su fama no esperaba respuesta. Le puse en el asunto entonces: De una Vilató camagüeyana.
Para mi sorpresa, Orestes, ese músico de tanto prestigio internacional me respondió enseguida, con un desenfado y una alegría expresa que me hicieron pensar, y lo corrobora ahora: es una persona sensible, sencilla y familiar. Así apareció en mi vida y así continúa siéndolo. Cuando nos pasamos unos breves días sin saber el uno del otro, nos escribimos para decirnos: “Aquí estoy, aquí sigo”.