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viernes, 28 de abril de 2017

Gracias mil


 
En la foto con seis añitos, no sabíamos si podría entrar en la Escuela de Arte; sin embargo, ya llevaba un año en clases particulares.

Hace unos días me martillaba el cerebro. Pensé se había cometido una injusticia con mi hijo, de hecho lo fue, solo que ahora veo las cosas de otra manera.
Cuando Orielito, mi razón de vida, comenzó sus estudios de violín, primero de manera particular con solo 5 añitos, luego en la Escuela Vocacional de Arte Luis Casas Romero, de Camagüey, Cuba, con 7, fue como si se llevaran a un niño y trajeran a otro.
Decidió, él solito, cambiar sus juegos infantiles con sus amiguitos más cercanos
—Jorgito y  Miguel—, para adentrarse en otro mundo, el de las cuerdas. La hora de levantarse era tan temprana que pensé no lo resistiría, eso sí, comenzó a acostarse a su tiempo, ¿la llegada de la escuela?, nunca antes de las seis de la tarde.
Fueron años de mucho estudio. Debía llevar a la par el instrumento, las asignaturas propiamente de música y las de escolaridad, todo sin el menor descuido. Se lo exigían en el colegio y nosotros, sus padres, en casa.

Así transcurrió el tiempo, con más alegría que sinsabores, aunque hubo de todo y aclaro algo, así pasa con los chicos que dedican su infancia a disciplinas artísticas o deportivas, no quiero ofrecer la impresión de que me refiero a algo sobrenatural o único en su clase, como diríamos en buen cubano.
Cuando terminó su noveno grado me entró una incertidumbre enorme. Creí era la hora de que escogiera otro camino para llegar a la Universidad. Modestia aparte, sabía que era capaz de enfrentar la carrera escogida, con estudio y talento, pero no hubo quién lo convenciera, dijo no, y fue no.
Cual suerte de una estrella, muy parecida a la mía, y no sé si tendrá relación con la fecha de nacimiento, el mismo día, casi a igual hora, con 35 años de diferencia, pero las cosas no se le dan fáciles.
Para iniciar sus estudios en la enseñanza artística —de nivel medio— se presentó a los exámenes de ingreso aquí y los aprobó, decidió entonces irse a Holguín, más exámenes de ingreso y también lo consiguió; luego, por recomendaciones médicas que no creo necesario relatar, debía regresar a su Camagüey, y de nuevo exámenes de ingreso, no le tuvieron en cuenta los anteriores. No importó, aprobó de nuevo. Quiere decir, que se sometió a ese estrés en tres ocasiones para un mismo objetivo, con casi seis meses perdidos de clases que recuperó con un esfuerzo tremendo.
Llegó la hora de su graduación y ese es un capítulo en el que prefiero no adentrarme en detalles. Lo consiguió hace nueve años y pese a varios tropiezos y acciones poco éticas, salió adelante. Se preparó para el ingreso al Instituto Superior de Arte (ISA), mediante curso regular y ese año no abrió la línea de violín. Escribí al Ministro de Cultura y respondieron que la situación se mantendría por dos años. No había maestros; sin embargo, en el curso siguiente todo se normalizó.
La ubicación parecía increíble, con tanta falta de violinistas en la Orquesta Sinfónica de Camagüey, daba la impresión de que no era así. Él y otra compañerita iban fuera de la provincia, algo que no pudo ser por cuestiones que tampoco comentaré.
Pasaron, ambos, meses de un lado a otro. En la Orquesta de Cámara no podían tocar, porque según nos decían no tenían una autorización, no sabemos de quién, y así transcurrieron unos seis meses más. Era como si le tuvieran reservado medio año sabático de vez en cuando.
Al fin, fue ubicado en la Sinfónica –aclaro que la amiga también--, y más adelante en la Orquesta de Cámara, donde tocaba al lado de José Varona, el Concertino, y su profesor de muchos años. Estábamos felices.
Pasó el tiempo y pasó, y desgraciadamente José falleció, le tocó a él asumir esa responsabilidad para lo que debimos hablarle y hablarle, estaba negado porque decía: “así no quiero”. Lamentaba tanto la muerte de su Maestro que, al parecer, creía era un sacrilegio sustituirlo. Le convencimos, incluso con parte de la familia de José, de que esa era la mejor manera de honrarlo, y haciéndolo bien.
Más adelante le hablaron para integrar un Mariachi, lo aceptó con agrado y llevaba sus tres trabajos con responsabilidad, porque es responsable, y lo disfrutaba.
Aclaro que mi hijo cuenta muy poco sus sucesos laborales en casa y si de disgustos se trata menos aún, sí nos enteramos, por fuera, que en la Orquesta de Cámara había ciertos sucesos, malas formas a la hora de llamar la atención, desprecios, humillaciones. Es comprensible que no estuviéramos de acuerdo con actos así, le preguntamos y siempre respondía que no había de qué preocuparse, era una práctica con todos, no sentía que él era el “elegido”.
Pasó el tiempo y pasó. Siempre cumplía con esmero en sus tres trabajos. En la Orquesta de Cámara se necesitó de ensayar sin descanso y el Mariachi cedió sus días, a él y otro violinista, hubo compresión.
A la semana siguiente sale a la luz la misma situación, sin mediar comunicación entre directivos de los grupos, y Orielito trató de que un ensayo fuera trasladado para la mañana y así todos quedarían satisfechos. No se consiguió, él y el otro joven asistieron al del Mariachi y hasta allí las clases. Le dijeron a sus compañeros de la Orquesta de Cámara que ellos habían decidido quedarse con el Mariachi por falta de sentido de pertenencia hacia esta, serían dados de baja y punto.
No sé de momento ¿qué es sentido de pertenencia?, pues estuvo trabajando alrededor de seis meses sin cobrar un centavo y poco más de dos años con la responsabilidad de Concertino sin devengar el salario que correspondía, entonces, ¿de qué sentido de pertenencia me hablan?
Después conocimos que el discurso cambió, entonces era: “Boté a los dos primeros violines”.
Como dije al inicio, sentí había sido una injusticia y lo digo ahora, me dolió. Pero, ¿saben algo?, llegó un alivio tremendo. Ya no siento angustias como cuando mi hijo salía a esos ensayos. Como sé es decente y respetuoso, estaba segura de que seguiría sin responder a insultos y amenazas y eso daña el alma y mucho, y si el alma se daña, la salud sufre igual. Por eso ahora doy gracias mil a todo lo ocurrido. Tengo tranquilidad en mi alma, y sé él también. Está seguro de haber aguantado demasiado, creo es de lo más que se arrepiente.
Al final de la historia, más experiencia. La próxima, porque la habrá, pues juventud y deseos le sobran, ya sabe que debe mantenerse respetuoso y decente, eso sí, con la respuesta que le faltó antes y una retirada a tiempo si fuera necesario. Gracias mil por la tranquilidad que experimento ahora.

lunes, 17 de abril de 2017

Domingo de Resurrección en Camagüey

El 16 de abril, Domingo de Resurrección, salió de la Iglesia de la Catedral, por la calle Cisneros el cortejo con el Cristo resucitado, y se encontró en la Plaza de los Trabajadores o de La Merced con la Virgen de la Alegría. Allí se realizó el feliz saludo.
A partir del lunes 17 de abril, el Santo Sepulcro, la urna de la Virgen, la del Cristo resucitado, las de las vírgenes Dolorosa y de la Alegría, estarán en la Iglesia 
Nuestra Señora de La Merced, 
para que el público pueda apreciarlos.
La foto es de Oriel Trujillo Prieto. Los vídeos son muy aficionados, aun así espero los disfruten:





sábado, 15 de abril de 2017

Viernes Santo en Camagüey



Dícese que Don Manuel Agüero y Ortega, con una parte de su fortuna que correspondía a un hijo suyo asesinado, encargó al orfebre mexicano Don Juan Benítez, la majestuosa obra del Santo Sepulcro de la Iglesia de Nuestra Señora de la Merced, en fecha tan lejana como 1762.

Ayer, Viernes Santos, camagüeyanos y visitantes se dieron cita en la Plaza de los Trabajadores o de Nuestra Señora de la Merced para acompañar a partir de las 8 de la noche, en procesión, a Jesucristo muerto en el Santo Sepulcro y a su sufrida Madre.. El recorrido sucedió por la calle Cisneros hasta la Iglesia de La Catedral, adonde luego de quedar su Hijo, la Virgen regresa sola, en hombros de feligreses por las calles Luaces, Independencia e Ignacio Agramonte hasta la Iglesia de la Soledad.

Este hecho entrañable, religioso, histórico y cultural, encabezado por el arzobispo de Camagüey, Monseñor Wilfredo Pino Estévez, ocurre en partes del Centro Histórico de la ciudad, declarado por la UNESCO Patrimonio Cultural de la Humanidad en el año 2009, contexto en el que se atesoran ocho de las iglesias católicas de esta demarcación, conocida también por: Ciudad de los Tinajones. 

Esto es solo una pincelada, los detalles puede encontrarlos en: adelante digital. 
Aquí los vídeos:



Fotos: Oriel Trujillo Prieto




lunes, 10 de octubre de 2016

Coincidencias

                                                            Así lo recuerdo.

No creo haya buen día para morir. Menos si se trata de alguien especialmente querido. Nunca encuentro oportuna la llegada de La Parca, siempre me resulta intrusa e irrespetuosa. Hay personas que nunca deben morir y es por eso que hoy, 10 de octubre escribo sobre mi abuelo Pedro Vilató Arteaga, quien falleció este día de 1966. Yo tenía entonces 12 años.
En un día así, pero de 1868, el abogado y patriota Carlos Manuel de Céspedes (1819-1874) liberó a sus esclavos y alzó en armas a los cubanos para luchar contra los colonialistas españoles. Es considerado este el primer hecho fundacional de las Revoluciones de Liberación Nacional de Cuba.
Recoge la historia que pronunció la declaración de independencia conocida como Manifiesto de la Junta Revolucionaria de la Isla de Cuba o Manifiesto del 10 de Octubre. Entonces, en el batey de La Demajagua, ante unos 500 asistentes, dijo: “Ciudadanos, ese sol que veis alzarse por la cumbre del Turquino viene a alumbrar el primer día de libertad e independencia de Cuba”. De esa manera comenzó esta primera guerra independentista con una duración de 10 años, con un perfil nacional-liberador, democrático y antiesclavista.

martes, 30 de agosto de 2016

¿Qué somos?

Todos hemos caído en la “trampa” de las nuevas tecnologías. Es lógico e inevitable. Unos, llamados nativos —sugieren que los jóvenes saben cómo utilizar la tecnología intuitivamente y por lo tanto no requieren de educación o formación digital—, algo que para algunos es verdadera falacia; y a otros, los denominan "inmigrantes digitales", imagine como si no fuera de mi país, y aquí lo que oigo es que nos señalan como dinosaurios. No sé qué es mejor o peor.

Cuando escucho estos sambenitos, me hago muchas preguntas; si mi padre nació en 1907, momento en que aún no se conocía en Cuba la radio, ni la televisión, ni incluso el servicio sanitario; y tenía 14 años cuando en agosto de 1922 surgió la primera planta con transmisión continuada que atravesó el éter por iniciativa del músico camagüeyano Luis Casas Romero; y el 24 de octubre de 1950, el mismo día que él cumplió sus 43 años, fue inaugurada la televisión en este país; y si como comentaba había estrenado los primeros servicios sanitarios en los tiempos en que residía con mis abuelos en El Vedado, en La Habana, entonces, ¿qué fueron él y su generación ante tan importantes sucesos?

¿Serían nativos, adolescentes o dinosaurios? Habría que sacar cuentas y confieso soy muy mala en eso. Y los nativos de la computación, ¿cómo serían llamados para esos acontecimientos? La verdad, me enredo.
Obviamente, la computación revolucionó el mundo, pero, ¿habría surgido sin todo lo anterior? Como mismo cambió el modo de ver y de vernos Cuba no escapa al acontecimiento. Entre obstáculos y conquistas esa tecnología nos acompaña y nos seduce, tanto que mi propio padre la conoció, aplaudió y admiró, solo que no logró separarlo de sus libros, esos que son de papel, tocaba con sus manos y lo hacían soñar.
Mi hermano y yo tuvimos, así tuvimos que leer Corazón, del italiano Edmundo de Amicis, quien murió cuando mi papá tenía solo un año de los 97 vividos. Siempre nos dijo: “Allí encontrarán tantos y tantos valores…, es una biblia acerca de la familia y la solidaridad humana”. Ya crecidita comprendí el porqué ese texto de 361 páginas ha sido catalogado como historia de historias, novela de novelas y cuento de cuentos, es una verdadera joya.

Ese libro que conservo con celo fue dedicado por mi padre a Grétel y Orielito, dos de sus seis nietos, por supuesto, quienes igual lo leyeron, era como un compromiso familiar.
Los niños y jóvenes de hoy, ¿encontrarán ese tipo de compromiso familiar?, ojalá que sí, son prácticas loables y que sirven para toda la vida.

Lógicamente, todo lo anterior me lleva a otras interrogantes. Nosotros, los de mi generación, que no somos de antaño-antaño, ni de tan cerca-cerca, pero que leemos libros de papel todavía, sin dejar de lado el ciberespacio, ¿qué somos? No creo en eso de dinosaurios ni inmigrantes, más bien, creo, algo así como el aguacate, dicen que es fruta y verdura a la vez, no vianda… ¿qué creen ustedes?
Ilustración: Tomada de Internet.

viernes, 1 de julio de 2016

De San Juan a San Pedro

Al asomarnos desde nuestras casas encontramos este urinario en el Palacio de los Deportes a pleno día que "adornó" el entorno "a pululo", como diría Ruperto el simpático personaje del programa humorístico Vivir del Cuento.

No recuerdo que alguien de mi familia se llame Juan; sin embargo, el 24 de junio, Día de San Juan, sí ha sido un suceso en la ciudad de Camagüey, Cuba, desde que tengo uso de razón, mas el 29 de junio, día de San Pedro lo celebrábamos en familia, así se llamaba mi abuelo paterno y el hermano mayor de mi padre. Ahora veo esos festejos de una manera diferente.
Espero no me endilguen que pretendo olvidar la historia cultural, sé que la tradición viene de más atrás, pero me limito a mis propios recuerdos, prerrogativa que me ofrece, este, mi blog.
No es novedad reconocer al reparto de La Vigía parte inmaterial de mi vida. Allí pasé años muy importantes, y mi familia materna y paterna residían en él, adonde se mantiene mi hermano.
La calle Joaquín de Agüero, donde viví una etapa de mi infancia, era un hervidero entre el 24 y el 29 de junio. Los vecinos sacaban sus muebles a las anchas aceras y esperaban el paso del desfile que incluía caballos engalanados, carrozas desde y hacia donde iban a parar las serpentinas en que quedábamos atrapados.

¿Las congas?, esas para mí eran y son harina de otro costal, me hacían latir el corazón demasiado rápido, no me gustaban, ni me gustan, me daban y dan la impresión de una marcha que no deseaba ni deseo escuchar, pese a que disfruto la música, sobre todo la que considero buena, no importa el género en que la encasillen. Mi conga preferida es la más oriental, la de Santiago de Cuba, es más musical y pegajosa, y por eso no creo traicionar a mi ciudad natal. Gustos son gustos.

miércoles, 24 de febrero de 2016

¡¿Pata y derecha?!




Hay cosas que cuando nos suceden no les damos importancia; sin embargo, al paso del tiempo, quizá por la caída de los años nos ponemos a pensar y vienen a la mente cosas hasta insólitas o de poco valor.
Desde niña mis padres nos acostumbraron, a mi hermano y a mí, a asistir a todo aquello que llevase cultura, con especial preferencia hacia el ballet, los conciertos de la Orquesta Sinfónica, o a funciones que artistas del país o no ofrecieran en alguno de los teatros.
Más crecidita comencé a salir con mis amigas y amigos. Nor María, quien estudió ballet y hoy es una reconocida profesora de ese difícil arte, era y es, mi amiga y vivimos muy cerca por algunos años.
Ella y yo decidimos asistir al Teatro Tasende, de la calle Popular de la ciudad de Camagüey, Cuba, hoy no utilizado para esos menesteres con igual asiduidad. Vino de la capital un cantante muy de moda entonces y al que prefiero no nombrar por razones obvias.

sábado, 19 de septiembre de 2015

Mi peor castigo


Así pequeñina comencé en "María Auxiliadora".
La llegada de su Santidad el Papa Francisco a Cuba me ha traído ciertos recuerdos. Hoy
veía el suceso por la televisión y su traslado por la capital de todos los cubanos y me decía, sí, es un hecho histórico, y salvando las distancias, comencé a evocar cual suerte de retrospectiva un pasado vinculado a mí y que quedó para siempre en mi memoria.
Antes de describirlo confieso que hoy me arrepiento de no llevar desde pequeña un Diario, ese que tanto se usaba por aquellos tiempos, pero que siempre temí al día que no estuviera y personas, incluso desconocidas, supieran pormenores de mi vida; sin embargo, ahora, en parte por mi profesión e inclinación a las letras voy escribiendo y colocando en el ciberespacio como una especie, quizá, de catarsis o de no sé qué, pero lo hago sin importarme qué piensen los demás, y sí llevando un poquito de valores, de ética y de todos esos detalles, al parecer pequeños, pero que hacen grande un amor como diría la canción, eso sí, verdaderos siempre.

jueves, 3 de septiembre de 2015

Oliva, ¿médico o amigo?


Las dos cosas. Conocí a este hombre, para mí y otros, fuera de liga, allá por el 1982. Primero por cuestiones de mi trabajo en el Centro Provincial de Higiene y Epidemiología, en el entonces departamento de Educación para la Salud, época de mi vida que a veces paso por alto, no por ingratitud, sino porque solo fue por un año.
Y digo así, solo fue por un año; sin embargo, me proporcionó la dicha de conocer para siempre al Dr. Manuel Oliva Palomino, un pediatra a respetar y un amigo, y aunque es de los que trato de Usted, es de los entrañables.
Cuando me inicié en la atención del sector de la Salud, a finales de 1984 o inicios del ’85, Oliva se convirtió en mi Profe particular y aún lo es, pese a sus casi 80 años.
Tuvo a su cargo el Programa de Atención Materno Infantil (PAMI) a nivel provincial, sin dejar a un lado su asistencia médica.
Es por eso que el saber del Profesor Oliva sirvió a Grétel: Mi primer tesoro; Orielito: Mi razón, y mis cuatro sobrinos restantes, sin contar hijos de familiares y amigos.
Y hay algo más. Ante una duda relacionada con la Medicina lo llamo y le pregunto. Nunca me ha dejado sin una certera respuesta. No sé cómo, pero tiene una opinión para todo. No exagero.
Admiro a este hombre, sencillo, cordial, ocurrente y con un talento privilegiado. Lo tengo presente cada 16 de diciembre, Día de su cumple; los terceros domingos de junio: Día de los Padres; el 3 de diciembre: Día de la Medicina Latinoamericana y todos los días.
Cuando mi hijo tenía un año de edad e identificaba todos los instrumentos musicales con mímica, Oliva fue quien se percató que solo le ponía sonido al violín y me dijo: “Ten eso presente, el violín lo destaca por encima de los otros”. Así lo hice y hoy Orielito es violinista, o sea, que en buena medida a él lo agradecemos por su fino olfato y sentido de observación.
Comparto pasajes de vida que lo hacen más grande aún y creo no se disguste por esto, pues este post lo concebí sin previo aviso. Nació en 1935 en el seno de una familia humilde, y aunque para muchos es un camagüeyano de pura cepa, vio la luz por vez primera en Manzanillo, fue el hijo mayor de un carpintero y una ama de casa, así de simple y como desafortunadamente es asmático, afortunadamente no pudo ser carpintero.
Sé que sus padres, luchadores incansables por sus cinco hijos y que no leían ni escribían bien, les repasaban de todo, hasta el inglés y cuando su mamá les corregía algo bien expresado y ellos se quejaban, ella le respondía: “Es que debes estar al equivocarte”.
Este hombre de elevada estatura y una personalidad muy especial comenzó a trabajar a los 14 años de auxiliar general en el hospital de su ciudad natal. Laboraba de siete de la noche a siete de la mañana. Allí comenzó a “chocar” con la Salud Pública.
Como él es un luchador quiso aprender laboratorio clínico en ese mismo hospital, no había escuelas para tales oficios en aquella época. Ya como laboratorista fue a Veguitas, que a la sazón pertenecía a Bayamo, año en el que alcanzó plaza, por oposición, en Topes de Collantes.
Sibanicú fue su primera incursión por el Camagüey que tanto quiere y donde tanto lo queremos. Gracias a un tío médico residente en ese sitio y que tenía su laboratorio, allí trabajó y a inicios de 1959 comenzó en el hospital antituberculoso en aquel momento, el Amalia Simoni, de esta ciudad.
Ahorita dije que Oliva era un luchador y ahora agrego que es un vencedor. A los 29 años de edad, comenzó sus estudios de Medicina en Santiago de Cuba. Él quería especializarse en Microbiología, era lo más lógico, dados sus antecedentes, mas lo hicieron cambiar el rumbo de vida. Al graduarse, el doctor Enzo Dueñas, quien era el director del hoy hospital pediátrico Eduardo Agramonte Piña, dijo: “De aquí para acá serán obstetras y de aquí para allá pediatras”. Una cañona necesaria en esos tiempos, de acuerdo con las necesidades de especialistas.
Como ser humano al fin, Oliva se enfurruñó, decía que no tenía tiempo de aprender y otros argumentos que no encontraron oídos receptivos; no obstante, entendió y cedió. Fue cuando le explicaron qué sería el PAMI. Hoy, nosotros, su pueblo, agradece esa idea, y estoy segura de que él también. Mucho ha hecho por los niños cubanos y de muchas partes de este mundo.
El propio Dr. Dueñas lo mandó a estudiar a Inglaterra en 1977 en un nivel de especialización que supera a la Maestría y que se denomina, Senior Teacher. La mitad del curso dedicado a los estudios y la otra destinada a visitar 23 países de diversos continentes, auspiciado por la Organización Mundial de la Salud, por la UNICEF.
Y como Oliva es un vencedor no se dio por vencido. Encontró un camino para vincularse a los laboratorios y fue cuando comenzó a atender a niños con leucemia y luego a los aquejados de cáncer. Por supuesto, asiste a cualquier niño enfermo.
En una ocasión fui a visitarlo a su casa y tuve que irme sin mediar palabra. Conté 16 niños con sus padres. Tenía la comida servida y tampoco podía hacerlo. Ya, por sus años y otras razones, no es así. Todos, y me incluyo, nos medimos más a la hora de molestarlo.
Oliva es un ser de carne y hueso, con problemas y vicisitudes como cualquier mortal. Se ganó un espacio importante con su esfuerzo e inteligencia. Visitó más de 33 países de Europa, Asia y América Latina, incluso como asesor de la OMS, y como internacionalista.
Él preconiza con su ejemplo la ética en su profesión, tan linda y tan difícil. Se comunica con sus niños y familiares de una manera muy especial. Para mí es un médico en toda la extensión de la palabra porque sabe hacerlo con su sabiduría y su alma, esto último puede parecer idílico, pero lo creo necesario, o mejor, imprescindible para trascender como lo ha hecho.
Oliva es todo un Pediatra, sus niños lo quieren. No por gusto integra el listado de Célebres en su espacialidad. Mi hijo muy pequeñito me decía: “Mamá, Oliva es el mejor médico del mundo”. Por el mío y por los hijos de muchos ha sacrificado horas de descanso, y sus hijos mayores —uno ingeniero y dos médicos—, sintieron su ausencia en no pocas ocasiones por el bien de los demás. Los dos más jóvenes han disfrutado más del papá que es.
Este amigo tiene muchos conceptos de la vida que se tornan populares, particularidad que dice heredó de su abuela materna. Cada vez que pienso en mi jubilación, la que debe llegar y cada vez la tengo más cerca, me viene a la mente: “El jubilado es primo hermano del muerto”, entonces me quito su simpática y preocupante percepción con otra igual de él: “Lo que viene liso, no trae arrugas”.

martes, 1 de septiembre de 2015

La Vigía, ¿mi ciudad?



Foto/Orlando Durán Hernández


Hace unos meses atrás me propusieron la oportunidad de comparecer en un programa de la televisión local, específicamente relacionado con mi ciudad, esta, mi querida Camagüey, de Cuba. El director y realizador: Gustavo Pérez, para mí el de mayor trascendencia aquí y que por su impronta ha traspasado las fronteras, incluso, del país, con sus excelentes ofertas, fue el mayor responsable, el de la idea y a quien le agradezco su deferencia, algo que no sé si le dije en su momento.

Primero vino el nerviosismo. Llevo una vida entera en los medios de comunicación, pero las luces y cámaras no son mis fuertes, siento un friecito inevitable; luego, al pensar en mi ciudad, le daba vueltas al asunto y solo se me reflejaba el reparto de La Vigía, en imágenes y remembranzas, ese pedacito de mi Camagüey era mi prioridad.

Desde pequeñita viví en ese entorno y hasta los 18 años. Esa Vigía que amo tanto, si es que pedazos de calles, casas, escuelas, iglesia, todo tocable, mas sin vida humana, puede ser amado. Allí di mis primeros pasos —según me contaban— agarrada del pequeño rabito de la perra Rica que tanto quise de casa de la familia de mi madre. Viví en las calles Joaquín de Agüero, Artola y 25 de Julio, cambios que hacían mis padres por una alergia que me acompaña desde el día de mi nacimiento. De adulta, y por ciertas razones, regresé y pasé un tiempo en la calle de Julio Sanguily.
En esas calles residía la parte de mi familia más querida, tanto por vía materna como paterna, con una “tropa” de primos muy especiales. Aún mi hermano habita una de sus casas, por lo que nunca he dejado de visitarlas.
Mi primer colegio —María Auxiliadora— estaba en la Avenida de los Mártires y cuando cesaron las escuelas religiosas allí mismo continué mis estudios, en la otrora Domitila García de Coronado, la No. 15. En la misma acera, en la iglesia de San José fui bautizada, algo que no recuerdo por razones obvias, donde también realicé mi Primera Comunión, en fin, huellas que quedan al paso del tiempo.
Tuve una niñez feliz en esas cuadras anchas, donde jugábamos hembras y varones, dábamos paseítos (la vuelta a la manzana, por ejemplo) y acompañados por Ricardito, que tocaba la guitarra ofrecíamos serenatas sin contratos a la usanza de más que aficionados y nada afinados, en la casa que se nos antojara.
Llegó la época de la secundaria básica 26 de Julio, después la Ana Betancourt, a quien le dijimos siempre la Ana Josefa, también en el propio contexto. Tanto a pie como en bicicleta recorría La Vigía de una punta a la otra, con ciertas escapaditas al reparto Vista Hermosa, donde había como un puente de amistad entre nosotras y las de allá, que venían a vernos en patines, también escapaditas…
En ese reparto recibí los primeros piropos, según crecía, también, por qué no, las primeras confesiones de amor, verdaderas o no, ahora no importa.
Recuerdo a Yoly, Martha, Teresita, Zazo, Andrés, David, Carmen, Zoe, María Eugenia, Isabelita…,Arjona y Farro, estos que dejé para último no por falta de importancia sino porque ya no están entre nosotros, algo que dolió y mucho. Lo juro me acuerdo de todos. Incluso, de personajes muy peculiares como: Chafa, ese que desandaba el reparto descalzo y sin traer reloj le decía la hora exacta a quien se la preguntaba, y también a Genaro, con quien me tropiezo a veces y me saluda con afecto.
Al comenzar el Preuniversitario —el Pre del Casino— como le decíamos, cambiar la falda del uniforme por aquella de rayitas, aunque grises igual porque antes eran azules y creo más bonitas, mi vida dio un vuelco, ya mi ciudad empezó a agrandarse y se salió de los muros de La Vigía.
Aquí podría comenzar otra historia, con el añadido de que si volviera atrás sería mejor estudiante en esa época, cuando los profesores, todos, sin distinción, eran estelares. Fuimos bendecidos con esa gracia.
¿Qué dije a Gustavo le faltaba a mi ciudad?, sin dudas: el mar. Es algo que si lo tuviera fuera perfecta. Le falta esa dádiva insustituible, esa que cuando lo miramos hasta el infinito nos desestresa, cuando lo olemos nos transporta y cuando vemos y oímos el vaivén de las olas podemos olvidar tantas y tantas cosas o recordar tantos y tantos olvidos. Por suerte y gracias a un buen amigo, entro a su-mi Mar, lo leo y percibo en sus escritos muchas de estas “faltas”, incluso hasta un post que me dedicó y tanto le agradezco.
¿Qué olvidé decirle a Gustavo de mi Camagüey?, mi admiración hacia Gertrudis Gómez de Avellaneda, nuestra Tula, esa camagüeyana atrevida y valiente, a mi modo de ver, hasta para los días que corren.
Como ven, el título no es un dislate. Claro que La Vigía es un reparto, no una ciudad, pero para mí lo fue y por muchos años.

miércoles, 31 de julio de 2013

Un breve adiós para el eterno Príncipe


En la foto de María Antonia Borroto, celebraba con Fernando su 95 cumpleaños, aquí en Camagüey, en este pedacito de su Cuba. En un segundo plano a la izquierda: Regina Balaguer, directora del Ballet de Camagüey.

La vida quiso que un 27 de diciembre de 1914 naciera en La Habana, Fernando Alonso Rayneri; que abriera sus ojos azules cual suerte de cuentas que seguirían cada paso, cada movimiento de la Escuela Cubana de Ballet; pero también quiso que otro día 27, en este caso de julio y a los 98 años de edad esos mismos ojos se cerraran para decirle adiós a un pueblo entero que lo quiere, que lo admira y que ya lo extraña.
Esa noticia del sábado pasado me impactó. Maiuly, esa que quiere a su Papá Fernando de la manera tan especial que él merece, me daba la triste novedad vía telefónica desde el propio hospital capitalino: Fernando acababa de morir.

domingo, 26 de mayo de 2013

Los 15




                            
La foto corresponde a los 15 de María Eugenia Gras Pérez, hoy Profesora de la                                                            Universidad de Girona, España.

Con este post no pretendo criticar ni un antes ni un después de un suceso tan lindo como el cumple número 15 de las muchachas. Solo haré una comparación, lo demás queda para que los lectores saquen sus propias conclusiones. Tampoco haré alusión a esa otra época descrita tan magistralmente por Luis Carbonell, el Acuarelista de la Poesía Antillana, con su archiconocido: Los 15 de Florita, popular en Cuba y en buena parte del Mundo.

“Disfruté” de la primera Fiesta de 15 a la edad de 10 años, y entrecomillo “disfruté” porque realmente me duró lo mismo que un suspiro. Yoly, mi vecina y amiga me llevaba cinco años y mis padres me autorizaron a que asistiera a su celebración hasta que ella bailara el vals, en este caso no fue acompañada por 14 parejas.

sábado, 20 de abril de 2013

Mi madre es adulta mayor y no lo sabe


Esos ojos con sus 85 años encima eran la delicia de mis amigas y amigos, y hasta de uno que otro de la familia. Yo quería tenerlos como ella.

Como he dicho en otras ocasiones mi padre le llevaba a mi madre 20 años. Aunque él gozaba de una muy buena salud, ella se dedicó en cuerpo y alma a cuidarlo hasta su último día. Cuando permanecía sentado ella le subía y le bajaba los pies a ratos, le suministraba los alimentos a su hora, le daba agua, en fin…