sábado, 14 de marzo de 2020

Gratitud




Al recibir hoy 14 de marzo, el
Premio Rolando Ramírez por la Obra de la Vida, por supuesto, dedicado al Periodismo, por ser nuestro día, primero me di cuenta de que han pasado muchos años, y luego, irremediablemente, pensé en varias cosas; una fue la evocación a mis padres, esos que con su ejemplo y exquisita dedicación me guiaron, apoyaron y ayudaron sin límites en mis empeños, solo que no sé si les he cumplido como merecían. 
Mi padre, martiano y agramontino hasta la médula, estaría muy feliz, eso sí, no le he llegado ni al tobillo en la perfección de la palabra. Mi madre, consagrada, igual hasta la médula, que lo garantizaba todo para que yo —entiéndase todos en casa— conquistáramos nuestros sueños.
Sobrevino igual el sentimiento de gratitud a mi familia creada. A mi esposo y colega, Oriel Trujillo Prieto, que me apoya y entiende como nadie en mi profesión; a mis “niños” Gretel Vilató Mateo y Oriel Trujillo Vilató, porque desde que nacieron me acompañan en este barco de mi existencia y han vivido el día a día de mi carrera, y a mi otra hija: Raquel Rodríguez De Nobrega (Raquelita) con la que me ha premiado la vida e igual insiste con optimismo en que aún puedo continuar; sin olvidar a mi hermano Fefi, lector empedernido y crítico sincero.
A todos ellos, al resto de mi familia que amo, a mis compañeros del periódico Adelante por soportarme tantos años, a quienes desde el sector de la Salud Pública contribuyen a mi labor cotidiana, aunque no ha sido el único que he atendido, pero sí el de mayor tiempo y, sobre todo, a aquellos que me leen y hoy más allá de las fronteras provinciales, gracias a las nuevas tecnologías, con la inclusión de la redes sociales, por seguirme con respeto y para quienes trabajo, dedico este reconocimiento. 

A todos, mil gracias y a la manera de José Martí: “La gratitud, como ciertas flores, no se da en la altura, y mejor reverdece en la tierra buena de los humildes”.



domingo, 12 de enero de 2020

Querámonos más...


"En un mundo de plástico 
y de ruido, 
quiero ser de barro 
y de silencio".

Eduardo Galeano



Foto: Tomada de Canal Caribe

Hace un tiempo, no mucho, leí un comentario del colega Osviel Castro, en el que abordaba el tema de la consideración de los vecinos y el dolor ajeno. Eso me dio la idea de escribir algo al respecto, pero lo fui dejando.

Por suerte en esta ocasión no refiero dolor por enfermedad o fallecimiento de alguien allegado, pero sí algunos recuerdos válidos para todos los tiempos cuando de vivir en armonía, respeto y decencia se trata.
Al igual que los padres del colega citado, los míos nos decían a mi hermano y a mí que debíamos ser respetuosos con los demás, los vecinos que tuvimos en la niñez y adolescencia en el reparto La Vigía de mi Camagüey, ese que quiero y recuerdo tanto, formaban parte de nuestra familia. Si viajábamos de vacaciones a la capital, por ejemplo, había que enviar telegramas a algunos para que supieran que hicimos un buen viaje, hasta a ese detalle se llegaba.
No podíamos escuchar ni ver la televisión a todo volumen, y menos si alguien estaba enfermo, y si moría un vecino o familiar de este ni siquiera encenderlos.
Por supuesto, los tiempos han cambiado, algunas cosas para bien, otras no, y como decimos a menudo: ‘no hay que exagerar’; no obstante, lo que no debía cambiar es el buen sentimiento y sentido de no fastidiar a otros.
Nunca fuimos maltratados por nuestros padres, no teníamos que llamarlos de usted, podíamos preguntar y responder, de hecho siempre fui respondona porque mi papá me decía: “Cuando tengas la razón no calles, habla bajo y con decencia, de lo contrario, aunque la tengas vas a perder la ‘pelea’”.
Ellos nos dijeron siempre que nadie podía recogernos en la escuela, solo ellos; sin embargo, un mal día de 1961 llegó nuestra vecina Luz a buscarnos a una escuelita particular que nos acogió hasta que empezara el nuevo curso luego de cerrar los colegios religiosos.
Fefi (mi hermano) y yo no sabíamos qué hacer. Ella nos explicó que a nuestro padre le sucedió “algo” y esa era la razón del cambio de actuar. Nos fuimos con ella, no nos quedó otro remedio. Al llegar a casa supimos que Mima no podía dejar a Pipo solo, él estaba acostado, en ese momento no sabíamos explicarnos bien, sí supimos que fue atendido por el Dr. Mario Acosta Sóñora (ya fallecido), pediatra, pero sobre todo excelente médico y persona. Él decidió dejarlo ingresado en casa, lo seguía y lo rehabilitaba.
Pasados los años entendimos que sufrió una isquemia transitoria, aunque una mano no la cerraba muy bien y veíamos cómo hacía sus ejercicios para recuperarse y lo logró.
Este recuento es solo un pretexto para comentar que en la esquina de la calle 25 de Julio y Capdevila, colocaron (Salud Pública), una valla muy bien concebida que pedía silencio por haber un enfermo en la cuadra, no recuerdo el escrito textualmente. Eso hoy no se ve, a pesar de que contamos con un sistema de Salud Pública muy bien estructurado con una atención primaria y sus consabidos médicos y enfermeras de la familia, y hay muchos ingresos domiciliarios.
Mi fallecida madre vivía en la calle Capdevila y sus últimos tiempos de vida fueron infernales, en la esquina de su casa la tarima sanjuanera hacía de las suyas y como ella estaba demenciada se tapaba los oídos porque no sabía qué estaba ocurriendo. Otras vecinas enfrentaban situaciones similares, pero no las menciono por respeto a hacerlo inconsultamente.
Con el tiempo la ciudad ha ido cambiando y se embellece, eso es cierto, pero han desaparecido los parqueos estatales y las pistas de baile, tan necesarios a mi modo de ver.
Por tradición popular algunas calles eran las escogidas para que el pueblo disfrutara del San Juan camagüeyano, y en caso de alguna otra celebración estaban las pistas para bailar.
De mis vecinos actuales tengo pocas quejas y digo así porque no hay perfección en ser humano alguno, pero vivo en un edificio que amo, en un piso que amo, y nos respetamos entre vecinos; de hecho, estrenamos el apartamento con mi hijo de 10 meses y mi hija-sobri de seis años y ya él tiene 30 y ella 36 años.
Frente al edificio tenemos la Sala Polivalente Rafael Fortún, sitio donde se realizan eventos deportivos, hay gimnasio…, pero no causa molestias. Es normal que si hay público este se emocione o se entristezca ante un triunfo o un revés, y siempre en horarios adecuados.
Nos queda cerca el cabaret Caribe con acústica bien lograda al parecer porque tampoco molesta, frente a este queda el lateral de lo que fue el Tennis Club, luego la SEPMI, hasta llamarse ahora Centro Cultural Recreativo Casino y aquí empezaron las dificultades. Con “innovaciones” no apropiadas la recreación y la cultura se fueron convirtiendo en bulla excesiva, frases inexplicables micrófono en mano, dirigidas a los jóvenes asistentes y a todos los de los alrededores. Esto ha mejorado un poco, esa es la realidad. ¡Y sépase es durante todo el año!
Más adelante (2014) llegó la idea de colocar una tarima en la esquina del edificio para celebrar el San Juan, algo que no tiene relación con la tradición porque antiguamente ni esa era la estructura vial y hasta casas había. Quiere decir que en esa semana, que descansábamos del Centro Recreativo… empeoró nuestra desgracia, es como si tuviéramos dentro de nuestras habitaciones (los que vivimos de ese lado) los equipos de música tan estridentes que hacen temblar las ventanas de aluminio con un ruido que saca de quicio al más pinto de la paloma y hasta las camas parecen tener electricidad. Ni hablar de la imposibilidad de escuchar el televisor y si conversamos tiene que ser a gritos.
Cualquiera puede decir: “ten paciencia, es solo unos días”. No, no es así, ahora cada vez que se celebra algo este sitio es el elegido. Nos pasamos el año esperando que de un momento a otro nos obliguen a “fiestar”. Las quejas han sido a “pululu”, como diría Ruperto en Vivir del Cuento, incluso, en las reuniones de la Circunscripción se creó una comisión liderada por el delegado y dos integrantes más y nada ha sucedido, al menos que yo sepa.
Igual me dirán: “Quéjate”. También lo hice. Fui con mi colega Eduardo Labrada al Citma, allí nos comunicaron que nada tenían que ver con el asunto, algo extraño porque luego vemos encuentros entre sus especialistas que abordan la contaminación sónica, uno de los grandes problemas en la sociedad moderna a escala mundial, pero algo debe hacerse en su contra. ¡Ah, aclaro que no padezco de misofonía!
Me dirigí al departamento de Salud Pública involucrado en el asunto y me trataron muy bien, dijeron tener varias quejas sobre el asunto, pero no cuentan con un aparato para medir los decibeles, algo que creo ni hace falta, los oídos no fallan, y también sé que aplicaciones en celulares realizan esa función.
Este es un país que ha defendido la cultura, la educación, la decencia y el amor entre las personas, es por eso que no logro entender la razón de desoír a otros.
Mi colega Oviel dijo en su escrito y cito: “…debo revelar, con indescriptible dolor, que la fecha previa a la partida de mi querido padre, quien yacía en agonizante cama, viví la paradoja de verme obligado a escuchar a todo volumen un largo concierto de Bad Bunny y otros «intérpretes» afines, salido de un bafle móvil instalado por los parientes de unos vecinos. . Esa imagen del sufrimiento de ambos, acelerado por los decibeles, nunca podré borrarla de mi memoria”.
Y yo me sumo a esa imposibilidad de olvidar el sufrimiento que me causaba el estado de mi madre y cuánto más sufría ella ante tanto escándalo, pero no de vecinos sino de San Juan; tampoco puedo desprenderme de esa angustia que me causan los pocos días que faltan para celebrar el éxito de los peloteros camagüeyanos y que por primera vez en mi vida me ha hecho ver más de un juego completo por la televisión, porque igual estoy feliz por sus triunfos. Es porque esa celebración será en la tarima casi dentro de mi edificio. Migraña mía aparte, en mi edificio residen personas más ancianas que yo.
Tampoco borro de mi memoria cuánto respeto y consideración hubo hacia mi padre en aquel 1961 cuando yo apenas tenía siete años. ¡Hace tantos y no olvido!
Ojalá antes de irme de este mundo pueda disfrutar, al menos, de una respuesta convincente y que no sea solo la frase manida: “Es la mejor área”, ¿la mejor para quién?, para quienes beben, bailan y se van a sus casas a dormir con tranquilidad. Seamos más solidarios entre nos, querámonos más, respetémonos más.

domingo, 31 de marzo de 2019

El Día que nací yo…





A los tres añitos pertenecía a la Asociación de Damas de la Colonia Española, allí donde "pasé" tanto                                                                  trabajo para llegar al mundo.


No, no le pongan música al título, aunque es igual al de una canción de Antonio Quintero, Pascual Guillén y Juan Mostazo, con una letra muy pesimista que, por cierto, no tiene que ver con el tema de hoy, mucho menos con mi vida.
El asunto es que cada 31 de marzo, desde hace 30 años, lo dedico a mi hijo: Mi Razón, porque tuve la dicha de parirlo, así, a lo natural el mismo día que cumplí los 35 años y con 15 minutos de diferencia, él a las siete de la mañana y yo a las siete y 15 minutos, según decía mi madre.
Hoy será de otra manera porque leí hace unos días un trabajo periodístico en el que se hacía referencia y muy bien, a los privilegios de los asociados a la antigua Colonia Española, adonde eran asistidos solo los asociados y familiares. Por eso este año lo dedico a mis padres porque todo lo sucedido fue por mi “culpa” en parte, ellos sufrieron más que yo por razones obvias. Ese Centro es el hospital pediátrico docente provincial Eduardo Agramonte Piña, con una Unidad de Cuidados Intensivos hace más de 35 años, y servicios que acogen niños de las provincias de Ciego de Ávila y Las Tunas, como son: Neurocirugía, Cirugía Neonatal y Oncopediatría.    
Dicho lo anterior resulta que el 31 de marzo de 1954, el día que nací yo —y repito la frase—, la suerte no andaba al lado de ese privilegio ni para mí, ni mi padre, ni mi madre, fue un día muy tenso.
Mi familia tenía esa prerrogativa, eran asociados a ese centro hospitalario, y además, mi mamá el de ser atendida en sus embarazos por el reconocido Dr. Abelín Marrero, quien era amigo de papá y alguien muy especial en mi familia.
Si pudiera recordar la etapa en que yo permanecía dentro de mi madre, estoy segura fui el feto más feliz del mundo y estaría orgullosa de haber sido concebida y protegida por mis padres.
Llegó ese 31 de marzo. Mi madre, esa bella y excelente madre, había tenido a mi hermano Fefi —justo 19 meses antes de mí— y después perdió una niña a los ocho meses de gestación, tuvo que parirla, o sea, fueron tres partos y siempre comentaba: “Vomitaba durante todos los embarazos sin distinción del sexo, incluso, hasta el momento del alumbramiento, eso sí a la hora de parir se juntaban los dolores, la corredera y el parto, nunca hubo tiempo para perder”, y en mi caso no hubo excepción, ni la ropa que traía mi madre pudo quitarse.
Cuando llegó el día que nací yo —y vuelvo a repetir la frasecita— el Dr. Marrero operaba a una señora, era un caso de urgencia, ¿y qué les parece?, a las siete y 15 de la mañana no hubo un médico que la asistiera. Mi padre, abogado desde los veintitantos años, que ya pasaba de los 45, y con el historial de que se desmayaba al ver la sangre, tomó las riendas del asunto y en esa Colonia Española una sola enfermera, muy mayor y casi ciega, se ofreció a hacer el parto con mi padre como ayudante.
Y se preguntarán, ¿todas las enfermeras estaban ocupadas?, pues no, pero ni una se brindó a apoyar ni por humanidad siquiera, es triste decir esto, pero así fue, como eran suplentes estaban a la espera de una plaza fija y quién sabe la conseguirían si esa otra añosa cometía algún error a costa de lo que fuera, ese día, hasta de nuestras propias vidas.
Mi papá asumió el mando, le dio ánimos a la señora y dejó claro en medio de la sala hospitalaria a las otras que si algo les ocurría a su esposa y al bebé pagarían por eso. Contaba que ni un gesto hacían, como si fueran momias o estatuas. Él, mi padre, refería con orgullo: “Ese día no me desmayé y yo sí te vi nacer, primero salieron tus ojos y luego tú”, algo que me causaba vanidad y gracia a la vez.
Quienes hemos parido sabemos que mientras permanecen los dolores lo más importante es parir, nada más, hasta se pierde un poco ese pudor que arrastramos y eso lo repetía mi madre, y como es natural pasado el difícil, pero lindo acto destinado solo a las mujeres, todo vuelve a la normalidad y decía ella que pasó vergüenza con la enfermera porque mi padre la regañó: “No puede peinar a la niña acabada de nacer con su peine sucio”, y hoy pena aparte, le doy toda la razón.
Gracias a Dios, a la vida, a la suerte, a la añosa enfermera de quien desgraciadamente no sé su nombre, a mi padre y, sobre todo a mi madre, estoy haciendo el cuento, justo hoy cuando llego a los 65 años. No he tenido durante mi existencia la mala estrella que dice la canción con el mismo título del escogido por mí; sin embargo, no puede negarse que mi llegada al mundo fue sui géneris, algo raro, al menos eso creo,  con todo y los privilegios.





domingo, 30 de diciembre de 2018

Otro Fin de Año

Obra de madera de Héctor Molné León.


No quise siquiera repasar otros escritos relacionados con estas fechas. No quise, para no repetirme y evitar aburrir!
Sin embargo, hay ideas parecidas. Primero, por las fechas en sí; y segundo, porque soy la misma persona quien las escribe para este, mi blog, y al ser ambas  inevitables los sentimientos surgen y resurgen.
No es manido ese concepto de que al terminar un año hacemos como especie de un balance de nuestras vidas. No es manido tampoco aquello de que recordamos a nuestros seres queridos que ya no nos acompañarán físicamente jamás, pese a que jamás pasarán al olvido. No es manido que a quienes queremos, familiares o amigos, y están lejos los añoramos más. No es manido que las felicitaciones las ofrecemos, como he dicho en otras ocasiones, envueltas en un tin de nostalgias, y aquí me repito.
Todo esto es cierto, pero igual vivimos lindas experiencias. La familia conservada es un lujo, los hijos —mi niña y mi niño— honestos, cariñosos y mejores que nosotros, son más que un lujo. La familia que se agrega por nuestros hijos, cuando se siente de verdad familia lo es también. Por todo esto aplaudo mi 2018, no sin peros, no sin sueños incumplidos, no sin esperanzas truncas.
Un amigo dice que disfruta a mares las Noche Buenas, las Navidades, el Fin de Año y el Año Nuevo porque se le antoja que las personas se vuelven mejores. Todos nos desean cosas lindas, salud, éxitos, en fin, lo que sabemos, y sí, así ocurre. Admiro ese optimismo de mi amigo. Siempre digo que no soy pesimista, ni excesivamente optimista, por eso me pregunto: ¿Será que se vuelven mejores de verdad?
Ojalá así sea porque yo no estoy muy segura. Lo necesitamos en cada rincón del planeta, necesitamos paz, necesitamos amor, necesitamos ser más cuerdos y atesorar verdaderas familias y verdaderos amigos.
Me voy por la variante de que hemos vivido un año más y nos quedan fuerzas para seguir tras lo que no conseguimos antes o buscar nuevos caminos. Necesitamos ser mejores de verdad cada día de nuestras vidas, desde el primer día de cada año hasta el último. Hacer el bien y recibir el bien aunque no sea ese el objetivo. No sufrir porque otros sean exitosos, no sufrir porque otros conquisten lo que parezca inalcanzable. Así seremos superiores.
Ser agradecidos en el seno familiar, ser agradecidos en el círculo de amistades es una buena manera de superarnos en calidad humana. Es por eso que cuando tropezamos con alguien que hace más de 40 años no ves, entonces era un niño y hoy es todo un padre de familia y te dice que no te ha olvidado, y te autoriza a que publiques un árbol de Navidad hecho de madera con sus propias manos, porque toda la madera que toca la convierte en arte, hace que una confíe en el mejoramiento humano.
Eso me ocurrió con Hectico, así le decíamos su familia y yo a Héctor Molné León, quien lleva el arte en sus venas. A él le agradezco su gentileza, pues esta vez no tuve que buscar y rebuscar en la Internet arbolitos o campanitas repetidas. Este que me acompaña hoy fue hecho para su familia a la que me permitió entrar y dar a conocer en mi blog. Gracias mil a ti y a los tuyos, que al parecer nunca me olvidaron y es algo que se agradece.
De todas maneras es imposible abordar el tema sin desear de todo corazón todo lo bueno de este mundo a quienes queremos y hasta a quienes ni conocemos. Que el 2019 llegue con prosperidad, con aceptación a lo diferente, con mucho respeto al prójimo, con mucha paz…

                                                              El mismo arbolito, pero con menos iluminación.

martes, 18 de septiembre de 2018

¿Coronel Labrada o Papá Rafael?





Falleció el 5 de noviembre de 1919, y sus restos reposan en la bóveda de la familia en el cementerio camagüeyano.


Es profanación el vergonzoso olvido de los muertos", José Martí

Por obra y gracia de la casualidad encontré esta frase de nuestro Apóstol. Me hizo meditar, pensar mucho y llegué a la conclusión de que sería más vergonzoso aún olvidarnos de los muertos más cercanos. De pronto viajé mentalmente, por supuesto, reviví a los más allegados y a otros que no conocí.
Entre esos que no alcancé a ver está Papá Rafael, no, no es mi padre, se trata de mi bisabuelo: el Coronel Labrada. De él escuché varias anécdotas que con orgullo contaba mi papá y la primera es esta. Refería mi padre que mi abuela Celia decidió ponerle el nombre de familia al primero de sus hijos, en este caso a mi tío Pepín, al que inscribieron como Pedro en honor a mi abuelo, Pedro Vilató Arteaga. Ya el segundo sería otra historia, pero como una suerte del destino, mi padre nació el 24 de octubre de 1907 en una casa de la calle San Ramón donde vivía su abuelo; y él, ni corto ni perezoso le dijo a su hija: ¿y este nieto que nació el día de mi santo (era entonces en el santoral) y en mi casa, no le vas poner mi nombre?, y así fue, por eso mi papá se llamó Rafael Ángel.