Hace
hoy 26 años mi cumpleaños dejó de ser prioridad en mi vida. El 31 de marzo de
1954 —según decían mis padres a las 7 y 15 de la mañana— salí del claustro
materno para comenzar mis pasos por este mundo; pero resulta, que en esa misma
fecha, pero de 1989 —y doy fe que fue a las siete de la mañana—, traje a este
mismo mundo a mi hijo Orielito, como digo siempre: mi mejor regalo.
Trato
de que sea de otra manera y no lo consigo. Me refiero a esto de las
prioridades. Recuerdo que en una conversación que sostuve hace unos años con el
Padre Antonio, un sacerdote amigo, le dije: “Desde que tengo a mi hijo me cuido
más, él me necesita”, y este me respondió: “Estás equivocada, tienes que
cuidarte por ti misma y luego por los demás, date el valor que mereces”.
Aquello
me dejó pensando. Concuerdo con él en mucho; sin embargo, en esto de las
prioridades Orielito me lleva un trecho, no está en mí. Gracias a Dios puedo
decir y repetir que mi “bebé” —de 26 años a partir de hoy— es mejor que yo en
todos los sentidos y eso me hace feliz. Es un hijo de esos que “no dan dolores
de cabeza”. Me siento plena.