No creo haya buen día para
morir. Menos si se trata de alguien especialmente querido. Nunca encuentro
oportuna la llegada de La Parca, siempre me resulta intrusa e irrespetuosa. Hay
personas que nunca deben morir y es por eso que hoy, 10 de octubre escribo
sobre mi abuelo Pedro Vilató Arteaga,
quien falleció este día de 1966. Yo tenía entonces 12 años.
En un día así, pero de 1868,
el abogado y patriota Carlos Manuel de Céspedes (1819-1874) liberó a sus
esclavos y alzó en armas a los cubanos para luchar contra los colonialistas
españoles. Es considerado este el primer hecho fundacional de las Revoluciones
de Liberación Nacional de Cuba.
Recoge la historia que pronunció
la declaración de independencia conocida como Manifiesto de la Junta
Revolucionaria de la Isla de Cuba o Manifiesto del 10 de Octubre. Entonces, en el
batey de La Demajagua, ante unos 500 asistentes, dijo: “Ciudadanos, ese sol que
veis alzarse por la cumbre del Turquino viene a alumbrar el primer día de
libertad e independencia de Cuba”. De esa manera comenzó esta primera guerra
independentista con una duración de 10 años, con un perfil nacional-liberador,
democrático y antiesclavista.
Tanto así que Céspedes exclamó:
“¡Ciudadanos, hasta este momento habéis sido esclavos míos. Desde ahora, sois
tan libres como yo. Cuba necesita de todos sus hijos para conquistar la
independencia!”
Quien me lea ahora puede preguntarse,
¿y qué relación tiene todo ese suceso con su abuelo?, aquí la respuesta.
Sucedió que ese abuelo, al que recuerdo sentado en su sillón, unas veces
leyendo, otras resolviendo crucigramas, o cogiéndome mis manitas para jugar al aserrín, aserrán, los maderos del San Juan…,
peleó en la Guerra del ’95 con solo 14 años. A su corta edad puso su vida en
manos de su Patria a la que quería libre.
Nunca lo escuché haciendo
galas de sus éxitos o derrotas, todas historias verdaderas. Creo fue demasiado
sencillo, demasiado modesto y con esa misma modestia recibió estos reconocimientos.
Creo que vivieron en cada
rincón del país, para donde enviaban a abuelo ahí estaban mi abuela y sus hijos.
Era militar de carrera y un padre amoroso de ocho hijos. Los llevaba a pasear a
caballo, al cine, a propósito del tema, cito textualmente algo escrito por mi padre:
“Cuando me llevaba al cine y me preguntaban qué película viste, yo decía: a
papá, porque confieso que lo quería tanto que no le quitaba los ojos de encima”.
En otra de sus anotaciones
escribió: “Papá estaba en práctica de marcha, siendo todavía Teniente, comenzó
a llover y yo empecé a llorar; cuando mamá me vio y preguntó, le respondí que
lloraba porque papá se estaba mojando, entonces ella conversó conmigo y me
convenció de que él estaba en una tienda de campaña y así me tranquilicé”.
Luego de graduarse de
abogado, mi padre se puso la toga por primera vez para defender a mi abuelo. El
juicio transcurrió en La Habana y un día me referiré a esto con detalles, pues
guardo cada cuartilla del suceso. Mi padre estaba seguro de su inocencia y de
que lo probaría y mi abuelo confió ciegamente en él. El juicio comenzó en febrero
de 1935 y duró hasta el 1ro. de marzo. Recogen las memorias de mi papá: “Cuando
le preguntaron si quería confesar se puso de pie y con una voz de mando
extraordinaria respondió: ‘Solo tengo que
decir que soy inocente de todo lo que se me acusa’, algo que me impresionó”.
El 1ro. de marzo, además,
era el cumpleaños de mi abuelo, ¿su regalo?, la absolución y puesta en libertad.
Cuando mi padre le llevó la noticia, mi abuelo lloró. Aquí una feliz coincidencia.
Quienes lean esto se darán
cuenta que escribo por la muerte de mi abuelo, pero me baso más en lo vivido
por mi papá, que por mí misma. Nunca olvido el funeral de mi abuelo. Le
rindieron honores militares y los masones también, porque él lo era. No fui a su
entierro, pero supe que mi padre despidió el duelo y se comentaba que habló muy
lindo, con mucho sentimiento. Prefiero saberlo así y no haberlo vivido, es la
verdad.
No importa dónde, pero he
leído varias veces: El 11 de junio de 1933, a las 3:39 p.m., el Cuatro Vientos
tocó tierra cubana en el campo de aviación de Camagüey, conducido por los
pilotos españoles Mariano Barberán y Joaquín Collar. A la salida del aeropuerto se dirigieron
al hospital general, allí fueron reconocidos por médicos que los encontraron en
perfecto estado de salud. Después se trasladaron hacia el Hotel Camagüey,
antiguo Cuartel de Caballería y actual Museo Ignacio Agramonte.
Y dicen así: “Allí los recibió
el jefe militar de la provincia para trasmitirle los saludos de las más altas
jerarquías civiles y militares del país…" Y ahora añado, que ese jefe militar
era mi abuelo, el Teniente Coronel y jefe militar de la Plaza. Son pequeños
detalles.
Podría escribir mucho más.
Solo que no quise dejar pasar la fecha para alguien tan importante de mi
familia: Pedro Vilató Arteaga, ese
mambí que murió un 10 de octubre, coincidencias, no sé si de la vida o de la
muerte.
...lindas tus palabras en mero intento de alcanzar la silueta del intachable hombre que sabido ser tu abuelo siempre. Sin duda alguna unos de los grandes que no dudaron en hacerse sentir para con nosotros lo cubanos.
ResponderEliminarEs un verdadero orgullo poder escribir de nuestros seres queridos mientras nos empeñamos en los que por razones incomprensibles se ausentan de nuestras vidas. Así de orgullosa –y más- creo sentirte desde mi orilla tan tuya… regocijándote en la corteza del Teniente Coronel y jefe militar de la Plaza: Pedro Vilató Arteaga.
Un fuerte abrazo lleno de cosas buenas todas…
Gracias amigo, siempre tan fiel.
EliminarY es cierto, me siento orgullosa -y más- por la familia de la cual provengo, tanto de la paterna como de la materna; la verdad, tuve suerte y, sabes, de la creada después también.
Estoy segura de que mi padre se sentiría halagado si pudiera leer estas sencillas líneas dedicadas a mi abuelo, ese que él quiso de una manera tan especial.
Te devuelvo el fuerte abrazo, lleno igual de cosas buenas que sé llegarán a esa TuOrilla, que sé compartes con gusto conmigo, mis cariños tinajoneros de siempre...
Que lindo
ResponderEliminarAgradezco mucho su comentario. Lástima que no sepa quién lo escribió, pero de todas maneras se agradece y mucho; primero por entrar y leer y luego por dedicar un tiempo a ofrecer su opinión...
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