domingo, 30 de diciembre de 2018

Otro Fin de Año

Obra de madera de Héctor Molné León.

No quise siquiera repasar otros escritos relacionados con estas fechas. No quise, para no repetirme y evitar aburrir!
Sin embargo, hay ideas parecidas. Primero, por las fechas en sí; y segundo, porque soy la misma persona quien las escribe para este, mi blog, y al ser ambas  inevitables los sentimientos surgen y resurgen.
No es manido ese concepto de que al terminar un año hacemos como especie de un balance de nuestras vidas. No es manido tampoco aquello de que recordamos a nuestros seres queridos que ya no nos acompañarán físicamente jamás, pese a que jamás pasarán al olvido. No es manido que a quienes queremos, familiares o amigos, y están lejos los añoramos más. No es manido que las felicitaciones las ofrecemos, como he dicho en otras ocasiones, envueltas en un tin de nostalgias, y aquí me repito.
Todo esto es cierto, pero igual vivimos lindas experiencias. La familia conservada es un lujo, los hijos —mi niña y mi niño— honestos, cariñosos y mejores que nosotros, son más que un lujo. La familia que se agrega por nuestros hijos, cuando se siente de verdad familia lo es también. Por todo esto aplaudo mi 2018, no sin peros, no sin sueños incumplidos, no sin esperanzas truncas.
Un amigo dice que disfruta a mares las Noche Buenas, las Navidades, el Fin de Año y el Año Nuevo porque se le antoja que las personas se vuelven mejores. Todos nos desean cosas lindas, salud, éxitos, en fin, lo que sabemos, y sí, así ocurre. Admiro ese optimismo de mi amigo. Siempre digo que no soy pesimista, ni excesivamente optimista, por eso me pregunto: ¿Será que se vuelven mejores de verdad?
Ojalá así sea porque yo no estoy muy segura. Lo necesitamos en cada rincón del planeta, necesitamos paz, necesitamos amor, necesitamos ser más cuerdos y atesorar verdaderas familias y verdaderos amigos.
Me voy por la variante de que hemos vivido un año más y nos quedan fuerzas para seguir tras lo que no conseguimos antes o buscar nuevos caminos. Necesitamos ser mejores de verdad cada día de nuestras vidas, desde el primer día de cada año hasta el último. Hacer el bien y recibir el bien aunque no sea ese el objetivo. No sufrir porque otros sean exitosos, no sufrir porque otros conquisten lo que parezca inalcanzable. Así seremos superiores.
Ser agradecidos en el seno familiar, ser agradecidos en el círculo de amistades es una buena manera de superarnos en calidad humana. Es por eso que cuando tropezamos con alguien que hace más de 40 años no ves, entonces era un niño y hoy es todo un padre de familia y te dice que no te ha olvidado, y te autoriza a que publiques un árbol de Navidad hecho de madera con sus propias manos, porque toda la madera que toca la convierte en arte, hace que una confíe en el mejoramiento humano.
El mismo arbolito con menos iluminación.
Eso me ocurrió con Hectico, así le decíamos su familia y yo a Héctor Molné León, quien lleva el arte en sus venas. A él le agradezco su gentileza, pues esta vez no tuve que buscar y rebuscar en la Internet arbolitos o campanitas repetidas. Este que me acompaña hoy fue hecho para su familia a la que me permitió entrar y dar a conocer en mi blog. Gracias mil a ti y a los tuyos, que al parecer nunca me olvidaron y es algo que se agradece.
De todas maneras es imposible abordar el tema sin desear de todo corazón todo lo bueno de este mundo a quienes queremos y hasta a quienes ni conocemos. Que el 2019 llegue con prosperidad, con aceptación a lo diferente, con mucho respeto al prójimo, con mucha paz…

martes, 18 de septiembre de 2018

¿Coronel Labrada o Papá Rafael?


Imagen tomada de Internet.
Es profanación el vergonzoso olvido de los muertos", José Martí

Por obra y gracia de la casualidad encontré esta frase de nuestro Apóstol. Me hizo meditar, pensar mucho y llegué a la conclusión de que sería más vergonzoso aún olvidarnos de los muertos más cercanos. De pronto viajé mentalmente, por supuesto, reviví a los más allegados y a otros que no conocí.
Entre esos que no alcancé a ver está Papá Rafael, no, no es mi padre, se trata de mi bisabuelo: el Coronel Labrada. De él escuché varias anécdotas que con orgullo contaba mi papá y la primera es esta. Refería mi padre que mi abuela Celia decidió ponerle el nombre de familia al primero de sus hijos, en este caso a mi tío Pepín, al que inscribieron como Pedro en honor a mi abuelo, Pedro Vilató Arteaga. Ya el segundo sería otra historia, pero como una suerte del destino, mi padre nació el 24 de octubre de 1907 en una casa de la calle San Ramón donde vivía su abuelo; y él, ni corto ni perezoso le dijo a su hija: ¿y este nieto que nació el día de mi santo (era entonces en el santoral) y en mi casa, no le vas poner mi nombre?, y así fue, por eso mi papá se llamó Rafael Ángel.