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miércoles, 31 de marzo de 2021

Y pensamos juntos…


 

Tener un hijo o querer tenerlo fue una obsesión durante algunos años y quienes me conocen lo saben. Pensaba hasta cómo iba a ser y créanme, como lo tengo lo soñé.

También me decía: ‘hembra o varón lo querré igual’; sin embargo, es cierto que prefería un varoncito. Lo que sí no imaginé fue traerlo al mundo el mismo día de mi cumple y casi a la misma hora, algo que ya he contado otras veces.

Orielito, llegó justo el día que cumplí los 35, casi cuando se me acababa la cuerda de los años para concebirlo y parirlo. Demoró, mas logré mi premio, mi razón. Ese premio que sin yo ser masoquista me hizo sentir los dolores más gustosos de mi vida, ese premio que hoy es quien manda, ese premio que hoy decide más que yo, ese premio que está atento y al tanto como lo estoy yo de él desde que era apenas una semillita en mi vientre.

De todas maneras yo sigo pendiente, y a veces hasta me creo que sigue siendo un niño y entonces es él quien me trae de vuelta a la realidad y me dice: “Mamá, mira por donde caminas, no te entretengas, no mires las nubes…, tienes que alimentarte”, me doy cuenta de que él es quien ordena, más en estos tiempos que nos ha traído la “segunda oleada de cumpleaños en pandemia”, pues determina igual qué puedo hacer y qué no y nos pasamos días sin darnos un beso ni abrazarnos porque viene de la calle y se siente responsable.

Cuando vivo estas realidades me doy cuenta de que creció, igual cuando compruebo que ama a Raquelita, esa nuera que me dio la vida y lo veo comportarse amoroso y respetuoso como todo un señor comprometido.

Orielito y yo hacemos un buen dúo, nos amamos a mares, pensamos igual y pensamos diferente, pero pensamos juntos…



















 





 


 

 

 

 
 

 





















martes, 31 de marzo de 2015

Mi razón


                    En pleno concierto con la Orquesta Sinfónica de Camagüey.

Hace hoy 26 años mi cumpleaños dejó de ser prioridad en mi vida. El 31 de marzo de 1954 —según decían mis padres a las 7 y 15 de la mañana— salí del claustro materno para comenzar mis pasos por este mundo; pero resulta, que en esa misma fecha, pero de 1989 —y doy fe que fue a las siete de la mañana—, traje a este mismo mundo a mi hijo Orielito, como digo siempre: mi mejor regalo.
Trato de que sea de otra manera y no lo consigo. Me refiero a esto de las prioridades. Recuerdo que en una conversación que sostuve hace unos años con el Padre Antonio, un sacerdote amigo, le dije: “Desde que tengo a mi hijo me cuido más, él me necesita”, y este me respondió: “Estás equivocada, tienes que cuidarte por ti misma y luego por los demás, date el valor que mereces”.
Aquello me dejó pensando. Concuerdo con él en mucho; sin embargo, en esto de las prioridades Orielito me lleva un trecho, no está en mí. Gracias a Dios puedo decir y repetir que mi “bebé” —de 26 años a partir de hoy— es mejor que yo en todos los sentidos y eso me hace feliz. Es un hijo de esos que “no dan dolores de cabeza”. Me siento plena.

lunes, 31 de marzo de 2014

Cumpleaños y estaciones






En la foto de mi colega Orlando Durán, Orielito (a la derecha), acompañaba como solista al Maestro Evelio Tieles, ese que hace sonar al violín como los Dioses.


Lo más natural de este mundo es hablar de celebraciones cumpleañeras acompañadas de dulces, alguna comidita fuera de lo común y una que otra bebidita. Algo así como un gustazo anual. ¡Ah! y los consabidos regalos.
Esta vez, hoy lunes 31 de marzo, cuando Orielito, mi hijo, llega a sus lindos 25 años y yo 35 más que él para que no suene tan rudo el golpe, ese que todos queremos recibir, pero que nos lleva de la mano a la meditación y no es de esa manera tradicional el tema central. 
El regalo especial que le hice a él fue un pequeño disgustico por permanecer en la computadora con esta queratitis (experiencia sobre la que pienso escribir en unos días) y que no me suelta.
Los días de claustro obligado me han hecho pensar demasiado, algo que no me ocurría cuando arribé a la edad de mi hijo y creo que por estas jornadas rompí récord de mis recuerdos, muchos de ellos geniales y repetibles, si tuviera la posibilidad; sin embargo, otros los borraría del mapa de mi vida, que no es nada interesante, pero es mía. ¿Algo que repetiría sin pensarlo?, a mi hijo, no me queda ni un ápice de duda.
Es mi costumbre conversar mucho con él, le cuento cosas impensables para otras personas y me da la sensación de que siempre soy comprendida y estos casi dos meses metida en casa han propiciado un aumento enorme en eso de echar un párrafo entre nosotros. Él me anima, trata de elevarme la estima y pareciera como si no encontrara defectos en mí. Eso es lindo, que no solo lo miren a una sino que la vean con ojos de hijo.
Y quizá quien esté leyendo piense ¿cuándo viene lo contrario? Sobra decir que Orielito, ese que me regalé en mi cumpleaños 35 es mi vida misma. Estoy segura de que él es mejor de lo que yo hubiera logrado, o sea, lo es por sí mismo y eso me regocija sobremanera. No es ceguera maternal, lo juro.
Entre tantos pensamientos y habladurías que ocuparon espacios de horarios laborables llegué a la conclusión de que la vida es un momento y el tiempo no te deja regresar y como me gusta la música buena, sea popular o la llamada culta y Orielito es violinista, además, me pasan cosas especiales.
Él estudia por estos días La Primavera, del italiano Antonio Vivaldi, una música verdaderamente bella y coincidió que escuché a alguien decir algo así como que sentía que se le iba el otoño y entraba en la etapa del invierno. Aquella frase me sobrecogió con melancolía y me pregunté, ¿entro en el otoño o el invierno? Pensé en un frío escalofriante, de esos que no he sufrido nunca gracias a lo tropical de mi Cuba, con rapidez me animé y llegué a la conclusión que imagino era semejante a lo sentido por Vivaldi al dejar a la posteridad sus Cuatro Estaciones, esas que no se hacen notar aquí donde vivimos un eterno verano.
Si A. Vivaldi escribió magistralmente en sus partituras: El Verano, La Primavera, El Otoño y El Invierno y todas son diferentes e iguales a la vez si de belleza musical se trata, pues entonces así debe ser la vida. Ya sea el otoño o el invierno tiene de bueno que ya llegué. Ojalá mi hijo y yo que celebraremos juntos por obligación, estemos donde estemos, encontremos la estación de la vida con la belleza del instante que nos toque.



                                                                          


sábado, 20 de abril de 2013

31 de marzo


En la foto, Orielito: Mi mejor regalo, el día de su graduación.

Este día ha sido muy especial para mí. En esta misma fecha he estado en tres ocasiones en salones hospitalarios. La primera fue de parto en la antigua Colonia Española, hoy hospital pediátrico Eduardo Agramonte Piña, de Camagüey, donde mis padres estaban asociados y luego sus hijos. Los detalles los conté en otra ocasión, de ahí esta sugerencia de enlace.

Quiero decir con esto que me parieron ese día de 1954 a las siete y quince de la mañana, según me contaban, por supuesto, no puedo acordarme. Luego, en 1966, el día de mis 12 años, estuve en un quirófano del actual hospital universitario Manuel Ascunce Domenech. Me ingresaron en el 5to. piso cuando era la sala para niños, dirigida por el reconocido pediatra Dr. Mario Acosta Sóñora (ya fallecido), mi vecino, además. De ese día recuerdo que me puse malcriada y le dije al cirujano que si pretendían anestesiarme con la general me bajaba y me iba. Él  llamó al especialista en Anestesiología y Reanimación para convencerme y no lo logró, o sea, me pusieron la local que yo quería y me porté muy bien, al decir del médico a mis padres: “Como toda una mujer”.

Pipo: evocación por tu cumple 105


“El día de mi cumpleaños 80 se celebró de sorpresa en casa de mi hermana Laura, estaban todos mis hermanos y casi todos mis sobrinos. La verdad, me emocioné, pues al llegar  comenzaron a besarme y a abrazarme, ¡fue algo inolvidable!” Así escribió mi padre en sus memorias acerca de este suceso que recoge esta foto junto a Mima, su esposa y mi madre.

Hoy 24 de octubre cumples 105 años. Aunque digo cumples y aseguro te siento conmigo, te fuiste de este mundo con 97 años de edad, pero con la satisfacción de que supiste que te amábamos, lo mismo tu familia de origen que la creada por ti después. Tuviste esa suerte.

Te cuento que tus hijos sí leímos tus memorias en las que decías no tener la seguridad de que lo hiciéramos, me pregunto ¿por qué?, ¿acaso creíste no nos importarían?, lo dudo. Al leerlas, algunas cosillas me hicieron reír, otras me hicieron llorar; unas ya las sabía y otras no, mas en todos los casos me hicieron feliz porque tú lo fuiste en tu niñez, adolescencia, juventud y adultez y en eso tuvimos que ver muchos.