Todos hemos caído en la “trampa” de las nuevas tecnologías. Es lógico e inevitable. Unos, llamados nativos —sugieren que los jóvenes saben cómo utilizar la tecnología intuitivamente y por lo tanto no requieren de educación o formación digital—, algo que para algunos es verdadera falacia; y a otros, los denominan "inmigrantes digitales", imagine como si no fuera de mi país, y aquí lo que oigo es que nos señalan como dinosaurios. No sé qué es mejor o peor.
Mi hermano y yo tuvimos, así tuvimos que leer Corazón, del italiano Edmundo de Amicis, quien murió cuando mi papá tenía solo un año de los 97 vividos. Siempre nos dijo: “Allí encontrarán tantos y tantos valores…, es una biblia acerca de la familia y la solidaridad humana”. Ya crecidita comprendí el porqué ese texto de 361 páginas ha sido catalogado como historia de historias, novela de novelas y cuento de cuentos, es una verdadera joya.
Cuando escucho estos sambenitos, me hago muchas preguntas; si mi padre nació en 1907, momento en que aún no se conocía en Cuba la radio, ni la televisión, ni incluso el servicio sanitario; y tenía 14 años cuando en agosto de 1922 surgió la primera planta con transmisión continuada que atravesó el éter por iniciativa del músico camagüeyano Luis Casas Romero; y el 24 de octubre de 1950, el mismo día que él cumplió sus 43 años, fue inaugurada la televisión en este país; y si como comentaba había estrenado los primeros servicios sanitarios en los tiempos en que residía con mis abuelos en El Vedado, en La Habana, entonces, ¿qué fueron él y su generación ante tan importantes sucesos?
¿Serían nativos, adolescentes o dinosaurios? Habría que sacar cuentas y confieso soy muy mala en eso. Y los nativos de la computación, ¿cómo serían llamados para esos acontecimientos? La verdad, me enredo.
Obviamente, la computación revolucionó el mundo, pero, ¿habría surgido sin todo lo anterior? Como mismo cambió el modo de ver y de vernos Cuba no escapa al acontecimiento. Entre obstáculos y conquistas esa tecnología nos acompaña y nos seduce, tanto que mi propio padre la conoció, aplaudió y admiró, solo que no logró separarlo de sus libros, esos que son de papel, tocaba con sus manos y lo hacían soñar.
Los niños y jóvenes de hoy, ¿encontrarán ese tipo de compromiso familiar?, ojalá que sí, son prácticas loables y que sirven para toda la vida.
Lógicamente, todo lo anterior me lleva a otras interrogantes. Nosotros, los de mi generación, que no somos de antaño-antaño, ni de tan cerca-cerca, pero que leemos libros de papel todavía, sin dejar de lado el ciberespacio, ¿qué somos? No creo en eso de dinosaurios ni inmigrantes, más bien, creo, algo así como el aguacate, dicen que es fruta y verdura a la vez, no vianda… ¿qué creen ustedes?
Ilustración: Tomada de Internet.