martes, 18 de septiembre de 2018

¿Coronel Labrada o Papá Rafael?


Imagen tomada de Internet.
Es profanación el vergonzoso olvido de los muertos", José Martí

Por obra y gracia de la casualidad encontré esta frase de nuestro Apóstol. Me hizo meditar, pensar mucho y llegué a la conclusión de que sería más vergonzoso aún olvidarnos de los muertos más cercanos. De pronto viajé mentalmente, por supuesto, reviví a los más allegados y a otros que no conocí.
Entre esos que no alcancé a ver está Papá Rafael, no, no es mi padre, se trata de mi bisabuelo: el Coronel Labrada. De él escuché varias anécdotas que con orgullo contaba mi papá y la primera es esta. Refería mi padre que mi abuela Celia decidió ponerle el nombre de familia al primero de sus hijos, en este caso a mi tío Pepín, al que inscribieron como Pedro en honor a mi abuelo, Pedro Vilató Arteaga. Ya el segundo sería otra historia, pero como una suerte del destino, mi padre nació el 24 de octubre de 1907 en una casa de la calle San Ramón donde vivía su abuelo; y él, ni corto ni perezoso le dijo a su hija: ¿y este nieto que nació el día de mi santo (era entonces en el santoral) y en mi casa, no le vas poner mi nombre?, y así fue, por eso mi papá se llamó Rafael Ángel.

Seguí dándole vueltas al asunto y me preguntaba y pregunto: ¿Cómo y qué escribir de un hombre que fue y es, al menos para mí, orgullo de la familia? Se trata de Rafael Salvador Labrada Hernández, el Coronel Labrada, abuelo materno de mi padre y, por supuesto, mi bisabuelo. Eso sí, no pretendo abordar profundamente el asunto, más bien desde el punto de vista familiar y siempre con el respaldo de anécdotas y escritos de mi padre.
Mi padre dejó plasmados en sus memorias gratos recuerdos sobre sus estancias en el poblado de Martí, en la finca de su abuelo, de Sao Nuevo. Con especial acento refirió cuánto le agradaba el sitio, hasta hace hincapié en las cercas del corral de los animales, cómo montaba a caballo…, y que sus padres lo mandaban a buscar y no quería regresar a casa, y alegaba que ni dinero necesitaba porque en la tienda pedía galleticas y caramelos y no le cobraban, por supuesto, porque lo anotaban, pero él no sabía esos detalles. Solo se embulló a retornar cuando mis abuelos le compraron un caballito que lo esperaba en el patio de su casa camagüeyana.
La calle que lleva su nombre es la antigua Nepomuceno.

Una de nuestras calles se llama Coronel Labrada; sin embargo, estoy casi segura de que pocos saben algo sobre su vida. Nació en Puerto Príncipe, hoy Camagüey, en 1845 y entre los relatos que me hacía mi papá desde niña no olvido que no se oponía a las relaciones de pareja de sus hijas; no obstante, si alguno de sus futuros yernos no había peleado en la Guerra de Independencia, decía que asistiría a la boda, pero solo serviría de padrino a aquel que sí lo hubiese hecho. Es por eso que acogió de muy buen agrado a mi abuelo Pedro porque este peleó con apenas 14 años de edad. Ese era un aval indiscutible.
 
Tomado de Internet

De todas maneras no sería adecuado pasar por alto que, hasta donde sé, Papá Rafael, como le decían todos en la familia a ese Coronel, ingresó en el Ejército Libertador el 30 de junio de 1895, fue jefe del Regimiento de Caballería Camagüey (1 Brig. 1 Div. del Tercer Cuerpo, y terminó la guerra al mando del Regimiento de Caballería Agramonte (1 Brg 2 Div. Tercer Cuerpo).
En 1941, en el centenario del natalicio de Ignacio Agramonte y Loynaz, fue invitado Aniceto Recio, Comandante del Ejército Libertador, quien en su etapa de soldado fue uno de los 35 hombres que acompañaron a Agramonte en el Rescate de Sanguily. Nació en Santa Cruz del Sur y fue mambí de las tres guerras.
Mi padre conversó con Aniceto Recio, por supuesto, le dijo que era nieto del Coronel Rafael Labrada, y este le respondió con energía y copio la cita de las memorias de mi papá: “¡Carajo, ese es el hombre más guapo que había en la guerra c______!”
Uno de los documentos en subasta.

En algún que otro sitio de Internet encontré datos. Me sorprendió una subasta de documentos firmados por él. Allí se recogía la fecha de nacimiento, no la de su muerte. Papá Rafael falleció el 5 de noviembre, de 1919, a los 74 años de edad. Mi padre tenía 12 y sobre el suceso escribió: “En el velorio, en la calle Lugareño, en el lugar conocido como El Palacio de Cristina estaba el Coronel del Ejército Libertador Braulio Peña, quien expresó varias veces: ‘Dichosos los que como él bajan a la tumba después de haber cumplido con todos los deberes para con la Patria’”.
Sus restos reposan en la bóveda de la familia del cementerio de Camagüey.

Creo hacer un poco de justicia, primero con mi papá que tanto quiso a su abuelo y, luego con él por llevar su sangre.




No hay comentarios:

Publicar un comentario